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Los diarios de Lem

Newton el mago
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Carlos Montuenga
Llueve en París. La lluvia, menuda y fría, extiende su velo turbio sobre
la ciudad.
Al
sur del río, las calles angostas que ascienden hacia la colina Saint Genevive,
están convertidas en lodazales inmundos por los que ruedan con lentitud los
carruajes. Gentes miserables, envueltas en harapos, van de un lado a otro
arrastrando los pies por el fango, o se agrupan frente a pequeñas hogueras, en
las que arden los objetos más dispares.
La
posada donde me alojo se encuentra en la esquina de una plaza formada por viejas
casas con tejados de pizarra negra.
Suelen hospedarse aquí viajeros que permanecen unos días en la ciudad. Hay
comerciantes de peluca empolvada, un buhonero fachoso cargado con su arcón de
baratijas y algún militar de baja graduación que cambia de destino. A veces se
ven tipos extraños, como un viejo alto y flaco, con el que suelo cruzarme al
salir por las mañanas. Va vestido de riguroso luto y se diría que es un buitre
al acecho de sus presas.
Hace unos días apareció un grupo de estudiantes extranjeros, creo que son
alemanes. No he conocido gente más ruidosa. Se reúnen algunas tardes junto a la
chimenea y, en medio de un alboroto indescriptible, vacían, una tras otra, las
botellas de aguardiente que les sirve Arlette, la camarera.
Arlette es pelirroja y tiene un cuerpo esbelto. Se mueve con agilidad entre las
mesas con su bandeja en alto y trata de complacer a todo el mundo. Suele estar
de buen humor, pero si algún patán sin modales abusa de su paciencia, se pone
hecha una furia y le contesta con descaro. Cuando está irritada, sus grandes
ojos verdes relampaguean como los de un felino.
Conmigo siempre se muestra amable, incluso yo creo que está demasiado
pendiente de mí. Cuando llegué a la posada se las arregló para que pudiera
ocupar una de las mejores habitaciones; un cuarto amplio, provisto de chimenea,
con una cama grande y mullida.
Por fin ha cesado la lluvia. Al caer la tarde, cruzaban el cielo grandes
jirones de nubes que parecían los restos de un inmenso ejército en desbandada.
Durante
la noche, mientras deambulaba por las proximidades del Sena, el aire había
recuperado su transparencia. Una gran luna brillaba contra el cielo limpio,
cuajado de estrellas. Su luz helada, al derramarse sobre la ciudad, producía la
ilusión de un mundo lleno de perfiles cristalinos, un lugar mágico, del que
había desaparecido la fealdad de las paredes, oscurecidas por la humedad, y la
inmundicia de las calles.
Caminaba yo abstraído, cuando al doblar un callejón solitario, pude distinguir a
un grupo de individuos, armados con grandes garrotes, que impedían el paso a un
carruaje, sujetando las bridas de los caballos. Me aproximé con sigilo,
ocultándome en las sombras, y alcancé a ver a varios hombres con elegantes
libreas, sin duda sirvientes del vehículo, que yacían maltrechos en el suelo.
Uno de ellos sangraba profusamente por una herida en la frente y suplicaba que
no le matasen. El cabecilla de la banda se abalanzó al interior del carruaje, y
después de hacer salir de su interior a una vieja dama de aspecto aristocrático,
la conminó a que le entregara sus joyas.
Aunque tenemos órdenes terminantes de evitar situaciones comprometidas, no pude
permanecer impasible ante aquella escena. Sin pensármelo dos veces, me acerqué
con paso decidido hasta situarme junto a los malhechores, quienes, tras un
momento de sorpresa, se lanzaron sobre mí. No me fue difícil reducirlos, mejor
dicho apenas tuve que hacer nada. Ni siquiera sentía el impacto de los
garrotazos que llovían sobre mí. Los dejé durante unos minutos que se esforzaran
en vano y, cuando los pobres diablos se hallaban jadeantes y confundidos, bastó
algún que otro empujón para hacerlos rodar por el suelo embarrado.
Un
momento después, toda la cuadrilla salió corriendo presa del
terror, como si se hubieran topado con el mismísimo diablo, y desaparecieron en
la oscuridad.
La
pasajera resultó llamarse Madame Geoffrin. Una mujer de edad avanzada y, por lo
que pude comprobar bastante miope, que se mostró tan agradecida por mi oportuna
intervención como admirada de la facilidad con que puse en fuga a sus
asaltantes.
Al oírme hablar, Madame Geoffrin me tomó por inglés y yo decidí seguirla
la corriente, presentándome como un joven profesor de Cambridge, de paso por la
ciudad.
Mi
nueva amiga, es un personaje singular. Se trata de una vieja aristócrata
apasionada por la cultura. En los salones de su palacio se organizan tertulias
literarias a las que acude lo más granado del mundillo intelectual. Ha insistido
tanto, que la he prometido asistir a una de estas reuniones en cuanto mis
obligaciones me lo permitan.
Madame Geoffrin suele invitar a jóvenes autores deseosos de darse a
conocer en la alta sociedad. Tras una breve presentación, el poeta de turno
prepara sus cuartillas, aclara la garganta y, en medio de un silencio
expectante, comienza a declamar sus versos.
Apenas entiendo el sentido de esos largos poemas en los que se repiten
frases ampulosas sobre el amor, la búsqueda de la libertad y el fatal destino.
Me resulta casi imposible prestar atención a esos pedantes. Cuando ya no aguanto
más tanta simpleza, me dedico a observar a la audiencia con disimulo, sobre todo
a las damas; algunas son de una elegancia insuperable: trajes suntuosos bordados
con hilo de plata, collares de perlas, grandes pelucas blancas adornadas con
lazos de seda… nunca había visto nada parecido. He notado que ellas también me
observan a mí. A veces, cuando nuestras miradas se cruzan, arquean levemente las
cejas y me sonríen con la mayor naturalidad, mientras juegan a abrir y cerrar
sus abanicos. Me parece asombroso que se muestren tan amables con un
desconocido.
Seguro que los superiores no aprobarían mi asistencia a las reuniones que
celebra Madame Geoffrin en sus salones; para ellos, cualquier cosa sin relación
directa con nuestros objetivos es una frivolidad, una pérdida de tiempo sin
justificación posible. Claro que, no tienen por qué enterarse de todo lo que
hago.
Además, no es el mejor momento para complicarse la vida; bastante agitación hay
ya en las altas esferas. En los últimos comunicados difundidos por el Consejo
Supremo, se asegura que el continente se encamina hacia una nueva guerra. Por lo
visto es ya un hecho innegable que la firma de la Triple Alianza por Francia,
Inglaterra y Holanda fue sólo una componenda de la que no se puede esperar una
paz duradera.
Para mí, las alianzas y tratados que estas gentes hacen y deshacen con tanta
facilidad, son un embrollo imposible de entender, pero allá los honorables
miembros del Consejo con sus conclusiones. Según ellos, esas naciones sólo
buscan el modo de aumentar su área de influencia para imponerse a las demás y
erigirse en árbitros de un equilibrio imposible.
En
fin, pintan un panorama bastante sombrío. No es raro que algunos compañeros
aseguren que estamos preparando una operación a escala mundial. Pero sólo son
rumores.
Ayer, al finalizar la velada literaria, se me acercó un hombre joven con
aire de intelectual. Tras una leve inclinación de cabeza, se presentó:
—Disculpadme señor, no creo conoceros. Soy Lucien de Sourignac. He cursado
estudios en las Universidades de Paris y Lovaina. Llevo unos meses ayudando al
barón de Montesquieu en la preparación de un informe para la Academia de
Burdeos. Hemos estado investigando el efecto del clima tropical sobre los
hábitos sociales de los indígenas antillanos.
—Vaya, no sabía que esos indígenas hicieran vida social —respondí.
Lucien me miró con curiosidad.
—Vos sois inglés ¿no es cierto?
—Eh…
sí, así es caballero. Mi nombre es un poco difícil de
pronunciar. Podéis llamarme simplemente, Lem.
—¿Lem?
Curioso nombre. Los ingleses sois un tanto peculiares —y al decir esto,
no pudo ocultar un cierto aire de superioridad—. Tengo entendido que
impartís cursos de filosofía en Cambridge. ¿Domináis algún área en
particular?
Le
contesté lo primero que se me ocurrió:
—Bueno,
estoy doctorado en teología, pero me interesa también la
filosofía natural y…
—¿La filosofía natural? Entonces imagino que seréis un newtoniano
convencido.
No
me esperaba una pregunta tan directa y, durante un momento, sentí que se me
quedaba la mente en blanco. En seguida me recuperé e hice un rápido análisis de
la cuestión: newtoniano… seguidor de las teorías de Isaac Newton. Sí, recordaba
haber leído algo al respecto en los archivos del Consejo. Lucien se refería a un
gran matemático que en el siglo anterior revolucionó el estudio de los fenómenos
naturales.
No
se me ocurrió nada mejor que contestar de forma afirmativa a la pregunta, aunque
me intrigaba el tono desdeñoso con que había sido formulada.
—Desde luego —respondí—. Sir Isaac Newton fue un sabio eminente por el que
siento la mayor admiración.
—¡Por supuesto! —exclamó Lucien, levantando los brazos—. Pero vuestro admirado
Newton ha sembrado la confusión en lo que antes era un camino luminoso. El
camino de la ciencia mecánica, el único capaz de conducirnos a una visión
racional del mundo.
Mi
gesto de perplejidad pareció divertirle.
—Ya veo que os sorprendéis. Ahora tengo que
atender algunos asuntos urgentes; tal vez podamos continuar esta conversación en
otro momento. Confío en que vuestra estancia en París sea placentera.
Y
se alejó de mí tras hacer una nueva inclinación de cabeza.
Llevo varios días sintiendo hormigueos por todo el cuerpo. Muchos
compañeros describen sensaciones parecidas. Es lo mismo de otras veces. Según
dicen los sabihondos del Consejo, las radiaciones que atraviesan esta atmósfera
pueden producirnos ciertos efectos que deben controlarse. Sobre todo, hay que
evitar que nuestra apariencia humana sufra algún cambio imprevisto.
Ayer no me encontraba de humor para ir a ninguna parte y pasé la mayor parte del
día encerrado en mi cuarto, esforzándome en descifrar los últimos informes. A
última hora de la tarde sonaron unos golpecitos tenues en la puerta y, apenas
había tenido tiempo de decir nada, cuando entró Arlette con una gran bandeja, en
la que había dispuesto algunas viandas y una jarra de agua.
—Señor —dijo con su voz cantarina— pasáis mucho tiempo encerrado aquí y apenas
coméis. Deberías ocuparos más de vuestra salud.
La
miré con expresión agradecida y ella me dedicó una dulce sonrisa.
Después de dejar la bandeja sobre la mesa, se quedó mirándome con sus grandes
ojos, como si esperara que yo hiciese algo. Al ver que yo seguía a lo mío,
empezó a dar vueltas por la habitación, poniéndolo todo en orden. Alisó la
colcha y cambió algunos objetos de lugar. Se movía sin cesar de un lado para
otro y estaba empezando a ponerme nervioso. Hice un esfuerzo por ignorarla y
volví sobre mis informes con intención de continuar trabajando.
En
eso estaba, cuando sentí la respiración de la joven muy cerca de mí, al tiempo
que sus brazos me rodeaban con suavidad. Luego, un beso cálido se deslizó por mi
nuca. Durante unos instantes, permanecí rígido como una estatua, con los codos
apoyados sobre la mesa y Arlette pegada a mi espalda. Entonces, sin saber bien
lo que hacía, me levanté con tanta brusquedad de la silla, que los dos estuvimos
a punto de perder el equilibrio y caer de espaldas sobre la cama. El corazón me
latía con fuerza y no acertaba a pronunciar palabra.
—Arlette,
estás muy sofocada —dije al fin, con un hilillo de voz—. Espero no haberte
lastimado. Toma, bebe un poco de agua.
Y
llenando el vaso de la bandeja se lo alargué, pero el pulso me temblaba de tal
modo, que no pude evitar derramar un poco de líquido sobre su amplio escote.
Ella me miró confundida y rompió a llorar. Tiró el vaso con furia y salió
corriendo de la estancia, dando un tremendo portazo.
He vuelto a ver a Lucien en un par de ocasiones. El último encuentro se
produjo de modo casual en El Gato Negro, una taberna próxima al río que no goza
de muy buena fama. A mí me gusta dejarme caer por allí, cuando al anochecer se
llena de estudiantes y buscadores de fortuna. Aprovecho entonces para escuchar
con disimulo sus conversaciones, no tanto por la información que puedan
proporcionarme, como por el mero placer de satisfacer mi curiosidad. Lucien
estaba sentado solo, en el extremo de una mesa, frente a una gran jarra de
cerveza. Al verme, salió de su actitud abstraída y me pidió que le acompañara.
Estuvimos un rato bebiendo y conversando sobre cosas triviales. Luego, el tono
de la conversación se fue haciendo más confidencial y me habló de algunas
cuestiones personales. Parece ser que ha contraído deudas importantes y teme que
su modesta fortuna se evapore en poco tiempo. Sin embargo, confía en que sus
numerosos contactos en la alta sociedad le ayuden a salir del apuro.
—Por cierto Lem, Madame Geoffrin me ha comentado que el próximo martes va a
asistir Voltaire a su velada. ¿Le habéis conocido ya?
—No tengo ni idea de quien es ese caballero —respondí con candidez.
—¿Es posible? Pero ¿tan aislados del mundo estáis en vuestra maravillosa isla?
Me
encogí de hombros, sin saber qué responder.
—Además, Voltaire es de los vuestros. Quiero decir —prosiguió Lucien guiñando un
ojo con malicia— que es un ferviente admirador de las teorías newtonianas.
En
vista de que Lucien volvía otra vez sobre ese tema, no vi otra salida que
animarle a continuar.
—Lucien, para ser sincero, no puedo entender el motivo de vuestra aversión hacia
ese gran sabio. ¿Acaso os molesta que un inglés haya alcanzado tan justa fama?
—De ningún modo —dijo él con acritud—. Su lugar de nacimiento me tiene sin
cuidado. Lo que no puedo perdonar a tu admirado Newton es que empleara su genio
indiscutible para volver a abrir de par en par las puertas a la magia y la
superstición. Esas puertas que el gran Descartes y sus seguidores creían haber
sellado para siempre, en servicio de la humanidad.
Al
oír aquello, debí adoptar una expresión muy estúpida. La verdad es que no
entendía nada, además los efectos de la cerveza comenzaban a hacerse patentes, y
me sentía un poco mareado.
—Veo Lem, que mis palabras os escandalizan. Eso es algo que me maravilla de
vosotros: habéis optado por mirar a otro lado, preferís ignorar lo que es obvio
y sólo sabéis alabar el genio matemático de vuestro maestro. Es cierto que
Newton ha ofrecido una visión unificada del universo a partir de un lenguaje
matemático riguroso, pero ¿a qué precio? Él mismo dejó claro que la gravedad,
esa fuerza con la que sus seguidores pretenden ahora explicarlo todo —desde el
movimiento de los astros hasta la atracción entre los seres vivos— no puede ser
algo material. Se trataría, por el contrario, de un principio misterioso que
opera a distancia, algo que, en definitiva, nos conduce de nuevo hacia la visión
mágica del mundo. Y nosotros estamos decididos a combatir tal desatino con todas
nuestras energías.
Me
sentía completamente perdido en aquel laberinto, de modo que decidí adoptar una
estrategia evasiva, y, para cambiar de tema, le conté mis apuros con Arlette.
El
gesto crispado de Lucien no tardó en disiparse. Empezó a reírse a carcajadas, y
no dejaba de propinarme fuertes palmadas en el hombro.
Parece
que encuentra muy gracioso ese penoso incidente. A veces pienso que somos
demasiado diferentes de los seres humanos; tal vez nunca lleguemos a
entenderlos.
Siguen los rumores de una gran operación ofensiva.
Por el momento, los del Consejo no han dicho nada. Ni creo que lo hagan; otras
veces se ha dado por seguro que nuestra intervención era inminente, y al final
todo queda en puras suposiciones.
Llevamos mucho tiempo observando a los hombres y siempre nos hemos mantenido en
la sombra, estudiando su extraño comportamiento y limitándonos a analizar las
consecuencias de lo que hacen. Hasta ahora la postura del Consejo no ha podido
ser más clara: debemos permanecer al margen de sus asuntos.
Sin embargo, hay quienes piensan que no será posible mantener esa actitud de
manera indefinida. Según ellos, estos seres terminarán por perder el control de
su mundo, convirtiéndose en una amenaza imposible de ignorar.
No sé… yo creo que exageran.
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Carlos Montuenga,
es Doctor en Ciencias.


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