Palmarés, despedida y...
hasta el año que viene

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Guillermo Ortiz López

    

Empezamos donde lo dejamos: Camino y su polémica. Escuchen si pueden las declaraciones de su director en rueda de prensa. Un prodigio de educación, respeto y prudencia. Ahora bien, yo creo que lo bueno de la película es precisamente su valentía a la hora de mostrar la intolerancia y el fanatismo. Si me dicen que esta película no habla sobre el fanatismo y no habla sobre el Opus Dei o que no son más que «un paisaje», pues la cosa pierde mucho. Da la sensación de que Fesser se hubiera metido en un jardín de manera totalmente consciente y que ahora estuviera intentando tapar todos los agujeros de los topos, para que nadie se enfade.

Una gran película, insisto. No veo la razón por la que hay que dar tanto paso atrás. Si no quieres que la gente diga que tu peli es maniquea y exagerada, no hagas una película maniquea y exagerada o, si se prefiere, no trates un tema ante el que es imposible no ser exagerado. Sigue con Mortadelo y Filemón.

En fin, la agonía del Festival fue lenta. Bastaba con ver las caras de todos: periodistas, taquilleros, acomodadores… Qué guapos éramos todos y qué ojeras, qué cansancio teníamos a dos días de terminar con todo… Miradas que apenas se cruzan, gruñidos como saludos, discusiones eternas sobre si tienes invitación o no para una fiesta…

En esas, llegó Meryl Streep. Fue algo parecido a un acontecimiento, aunque nada parecido a lo de Richard Gere del año pasado. Es lo que tiene esto del cine: llega un tipo que ha hecho un par de películas buenas en toda su vida y arrasa. Llega una pedazo de actriz con nominaciones al Óscar para aburrir… y, bueno, sí, pero… ¿sabes por dónde anda Hugo Silva?

Streep recibió su premio Donostia y Silva se llevó un nuevo baño de masas, no sé exactamente por qué. Algún premio de alguien que quería hacer una fiesta.

En sección oficial, las cosas siguieron un poco como estaban. Destacó, eso sí, El nido vacío, una aceptable película argentina, con Cecilia Roth, que guarda cierto parecido con Swimming Pool, la obra maestra que protagonizara en este mismo festival Charlotte Rampling. El nivel de esta edición ha sido bastante desoladora, si quitamos algunos momentos de Frozen River, Still walking, de Kore Era, y poco más.

Eso no justifica el disparate del palmarés. Empezando por el premio de la crítica a Jaime Rosales, siguiendo por el premio Horizontes Latinos a la pésima película guatemalteca Gasolina —la única de la que, confieso, me tuve que salir a la hora, como hizo prácticamente todo el Teatro Principal— y acabando por la mención del Jurado a la cruel, impactante pero de pésima calidad Caballo de dos piernas, una producción iraní que recibió numerosos abucheos por parte de la prensa presente en el Kursaal durante el anuncio de los premios.

Jonathan Demme se lo tomó con guasa: «A todos los que han abucheado, les digo que podemos discutir esos abucheos en la calle…». De hecho, lo mejor del palmarés fue la distendida manera de presentarlo de Demme, que había presentado el día anterior La boda de Rachel, una película algo exagerada sobre una chica en proceso de rehabilitación —estilo Amy Winehouse— que cae en repeticiones y dramatismos exagerados, pero que, en general, y viendo lo visto, se deja ver bastante bien.

La película ganadora fue La caja de Pandora. Una sorpresa. Una de esas películas que habían pasado sin pena ni gloria salvo por la interpretación de su protagonista femenina, la nonagenaria Tsilla Chelton, que a su vez se llevó una de las dos Conchas de Plata que este año se repartieron a la Mejor Actriz. La otra fue a parar a Melissa Leo, por Frozen River. El premio al mejor actor se lo llevó Óscar Martínez, de El Nido Vacío, que, como decíamos, no es una mala película, pero el hecho de que se haya llevado dos Conchas habla mucho de la calidad de las demás.

La sorpresa, la gran sorpresa fue que Still Walking no se llevara nada. Tampoco Camino. Uno de los críticos ahí presentes reflejaba su incredulidad: «No puede ser que la mejor película de todo el festival no se haya llevado ni un solo premio, como si no existiera». Yo no sé si era la mejor película. Todo es opinable. Mejor que Nido vacío era. Y mejor que la iraní, por supuesto… Pero parece que uno se vuelve Jurado y tiene que hacer algo para demostrar que él es el Jurado y no cualquier otro y, por lo tanto, tiene que retorcer el juicio de manera que, efectivamente, consiga distanciarse de «cualquier otro» y del sentido común.

Aunque, qué quieren que les diga. Aquí, lo de los premios da igual. Todos los años sabemos que no va a haber acuerdo. A veces, nos sorprenden más, otras, nos sorprenden menos. Pero es lo que hay. El año que viene pasará exactamente lo mismo: con Vargas Llosa, con Paul Auster, con Jonathan Demme… con el que venga. Lo importante es lo de antes. Los once días de cine. Las más de treinta películas visionadas y la sensación de que este festival sólo se sostiene por el excelente trabajo de la organización y la maravillosa ciudad donde se celebra.

Una ciudad a la que todos queremos volver año tras año. Especialmente, Winterbottom.

 

Tráiler de la película El nido vacío

 

 


 

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