Borat: el aprendizaje extravagante
de una cultura

(Reseña del film Borat: Cultural Learnings of America for
Make Benefit Glorious Nation of Kazakhstan
- Larry Charles - 2006)


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Emilio Malagrino





























































Las raíces: Kazakhstan

Un hombre delgado, alto, de movimientos graciosos y gacelados, se presenta como Borat, el segundo mejor periodista de su país: Kazakhstan. Con orgullo comienza a distinguir la nueva geografía nacional, un país insipiente que necesita imponer su localidad luego de la caída de la Unión Soviética. Es así que describe la ubicación de su nación mediante la descripción un tanto denigrante del escenario que lo rodea: «Kazakhstan está entre Tajikistan y Kirghistan, y los idiotas de Uzbekistan».

Luego, acompañado por una procesión de lugareños, se introduce en la cultura popular de su región, exhibibiendo la galería de personajes patéticos que conviven en su pueblo, Kusek: están el violador del pueblo, cerca de un jardín de infantes, el parasitario vecino, los denigrados gitanos, la propia hermana de Borat, prostituta por cierto, su madre avejentada; y su mujer, una obesa señora que no para de insultarlo.

Las costumbres de Kusek se circunscriben en la intolerancia, tal es así que hay un evento similar a la corrida de toros española pero que se denomina «la corrida del judío». La exaltación del sectarismo e intransigencias raciales que alardea la sociedad de Kazakhstan, bajo la palabra representativa de Borat —que de hecho serían juzgadas por cualquier ciudadano medio de la aldea global— se tornan inmunes bajo la égida de la inocencia de un país en aras de emerger de las ruinas soviets.

Por eso, Borat agregará con solemnidad que en Kazakhstan no todo es diversión, sino que germinan los problemas que subyugan a toda su sociedad: «lo económico, lo social y los judíos». Por ese motivo, el Ministro de Información enviará a Borat a Estados Unidos, el mejor país del mundo, para incorporar su cultura a fin de rescatar a Kazakhstan de su derrumbe.

La tierra prometida

Borat aterriza en el país de las oportunidades. Se exalta ante una sociedad super- organizada, con edificios de concreto que ocultan la luz del sol, con una marea de gente abigarrada en las calles, y una peregrinación de autos por doquier. El asombro y extravío de un extranjero que deambula sin brújula lo inserta en un tópico de desquicio.

Pronto expondrá sus costumbres como un buen método de presentación. Intentará saludar con un beso a todo desconocido que se le cruce en su camino, cruzará las calles sin atender las señales de los semáforos, se tocará frente a una vidriera plagada de maniquíes con lencería erótica, ingresará a un Hotel Premium con el artilugio de regatear por una habitación y creerá que el ascensor del hotel es su cuarto. Su propia sorpresa se enfrentará a los sorprendidos ciudadanos extrañados por el accionar del desequilibrado viajero.

Quien entra en contacto con Borat le demuestra sus ilógicos signos de negociación. Pero él no se inmuta ante semejante confrontación de culturas, sino que se excede a cada tramo de su estadía pretendiendo que las diferencias sociales le sirven a su aprendizaje.

En la habitación del hotel descubrirá el sentido oculto de su viaje. En la televisión aparecerá una mujer tan distinta a las que frecuenta cotidianamente, que se obnubilará hasta modificar el rumbo de su estadía: Pamela Anderson. «Ella tiene los cabellos de oro, dientes blancos como perlas y el culo como el de una niña de siete años».

El transcurso de la bitácora de viaje, marcada por una línea roja atravesando la ruta de un mapa, tiene un destino fijo: California, donde aguarda su pasión. En medio del éxodo, Borat se topa con la cultura americana más denigrante, acérrima y partidaria. De allí extraerá el yugo de la sabiduría social, la pulpa que nutrirá sus entrevistas.

Las entrevistas intentarán extraer el secreto del país más exitoso del mundo. Sus anotaciones incluirán los accidentados encuentros con un humorista, un grupo de feministas, un concejal, unos raperos, un cowboy, una iglesia bautista, un canal de televisión, una tienda de baratijas, una familia judía.

Lo que tendría que ser una entrevista formal, pronto se tornará en un punto de incomodidad para el interlocutor. En cada tramo de la conversación, Borat sostendrá sus prejuicios segregacionistas con el candor de un púber inocente.

El fin de su itinerario lo enfrentará a Pamela Anderson. Borat va a escudriñarse en una cola para la firma de autógrafos. Y cuando le toque su turno, le pedirá que se case con él; no con el sentimentalismo de un enamorado, no sin provocar el miedo a un secuestro.

El retorno del capital

Borat regresa a su tierra natal con un souvenir patchwork en sus brazos. El pueblo lo recibe con la gratitud de quien aterriza desde un más allá, portando el oráculo de una esfinge aplomada, con los vaticinios de un devenir casi cósmico. Las dádivas que otorga a sus conciudadanos son extrañas pero confortables; artefactos tecnológicos extravagantes, un ipod, un brazo ortopédico para un vecino manco, la compañía de una prostituta americana bastante desgraciada, y la palabra misionera de un Borat desenvuelto y convertido al cristianismo.

La impronta de una autoconquista discurre en el entorno.

La inocencia perdida

¿Quién es Borat? ¿Qué representa? Desde su arribo a USA, este segundo mejor periodista de un país emergente como Kazakhstan, es observado con incoherencia, desde el temor hasta la ternura. Sus facciones arábigas lo perfilan como potencial terrorista, lo cual conforma una contradicción permanente teniendo en cuenta que su objetivo único es calcar la idiosincrasia americana al dedillo.

La apariencia física recuerda a un Groucho Marx activo, escurridizo, torpe y sarcástico, aunque la intolerancia y prejuicios emitidos desde su coleto lo confrontan al peor de los fantasmas americanos.

Borat encierra un verdadero enigma, el de un alumno indócil a la vera del conocimiento, el de portar una ignorancia docta que descompone las armas del partener.

Su labor de periodista contemporáneo, basado en la trasgresión para obtener una nota, se distribuye desde la invisibilidad, a partir de un ojo oculto que se presta de cámara sorpresa. El método más eficaz que logra un foráneo para insertarse en una cultura tan prominente y paranoica está plenamente basado en la inocencia. Esto genera confianza, cercanía, camaradería, hasta la confesión de los pecados más terribles de un ciudadano medio.

El objetivo se desdobla en un metalenguaje. Ya que Borat se manifiesta como un idólatra obsecuente, entusiasmado por sonsacar las raíces que conforman a un verdadero-país-super-potencia. Sin embargo, el discurso latente extraído de sus entrevistas, pone en evidencia las gargantas de la segregación, el sectarismo, el rechazo por las minorías, la homofobia, y las actitudes más denigrantes del espíritu del Tío Sam.


Borat (trailer en español)



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Emilio Malagrino
es licenciado en Psicología. Es concurrente del Centro de Salud Mental N3 Arturo Ameghino, miembro fundador del Comité de Ética de dicho establecimiento y Coordinador de Jornadas Vínculos en el Laberinto. Colabora en Boletín Quincenal del Centro, www.elsigma.com y www.codigosurbanos.com.mx.

emiliomalagrino[at]hotmail.com

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Revista Almiar (Madrid; España) / n.º 35 / agosto-septiembre 2007
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